Niña negra albina de Tanzania¿Un negro de piel blanca? ¡Qué contradicción más absurda! ¿Es eso posible?

Pues sí, sí que lo es. Cuando pensamos en un albino es muy posible que pensemos en un albino de occidente, esto es, en un europeo, en alguien de piel blanca cuya carencia de melanina lo hace parecer más blanco todavía; pero también hay albinos en oriente, en África, entre aquellos de piel cobriza… se pueden dar casos en cualquier ser humano. También en animales.

El albinismo es una anomalía genética, una condición congénita autosomal recesiva, que consiste en la ausencia total o parcial de pigmentación de ojos, piel y pelo, debida a fallos en el proceso de síntesis de la melanina o en su transporte.

Aunque existen diferentes grados y tipos de albinismo, en general, la falta de pigmentación en la piel y el pelo hace que las personas albinas estén desprotegidas frente a las radiaciones solares. No se broncean, se queman con facilidad tras una breve exposición al sol y, si no se protegen adecuadamente, aumentan la probabilidad de desarrollar algún tipo de cáncer de piel.

Al carecer también de melanina en los ojos, suelen presentar colores pálidos: rojizo, grisáceo, castaño muy claro o azul. Esta falta de pigmentación les produce fotofobia, por lo que no suelen sentirse cómodos en ambientes muy iluminados. Paralelamente, presentan un conjunto de anomalías visuales (visión deficiente, ceguera funcional, estrabismo, nistagmo) que pueden limitar de forma muy notable su calidad de vida.

Por si no fuera esto suficiente, en África las noticias hablan de persecuciones y asesinatos de albinos, fruto de la ignorancia y la creencia de que están hechizados y que sus órganos atraen la riqueza. Sólo en Tanzania están registrados oficialmente 4.000 albinos, aunque se cree que la cifra real supera los 170.000. Viven repartidos en decenas de poblados, donde no sólo se exponen a los rigores del sol, sino a la superchería local y a la discriminación de sus compatriotas que los llaman zeru zeru, ‘fantasmas’ en lengua kiswahili.

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Las hipotecas subprime —también llamadas hipotecas basura— se han convertido en un tema de actualidad y se les culpa del aumento del desempleo, de la desaceleración económica, de las quiebras bancarias y de la crisis. Pero… ¿qué son las tan manidas hipotecas subprime?

En la última década se vivió en los EE.UU. un ciclo económico muy favorable de gran crecimiento con grandes beneficios, por lo que los bancos estadounidenses tuvieron un excedente de efectivo. La Reserva Federal bajó la tasa de interés hasta niveles históricos favoreciendo la inversión y abaratando los créditos, lo que impulsó el sector de la construcción y el inmobiliario, pues los crecientes precios de la vivienda atraían capital y el más bajo coste de los créditos favorecía la compra de vivienda por parte de los particulates.

Las entidades financieras comenzaron a colocar su exceso de liquidez otorgando créditos hipotecarios a muy largo plazo y a muy bajo costo, pues la garantía del crédito (la propia vivienda) tenía un valor mayor cuanto más tiempo pasaba. Dentro de ese ciclo de bonanza económica y de esa espiral de aumento constante del valor de la garantía, las entidades financieras redujeron su rigor en los requisitos necesarios para la concesión de la hipoteca y empezaron a prestar dinero a clientes que no tenían la solvencia adecuada. Total, si no se pagaba la hipoteca, el embargo permitía recuperar la deuda.

Pero esta forma de actuar fue un error. Las condiciones cambiaron: la demanda de viviendas decreció y con ella los precios de las mismas. Y el sector de la construcción perdió atractivo para los inversores, por lo que el paro en el sector aumentó. También aumentó el precio del dinero en una espiral alcista, haciendo que la carga económica que suponían las hipotecas en las apretadas economías familiares aumentara sobremanera. Tanto que muchas familias no pudieron pagar sus cuotas.

De manera que ni embargando la vivienda se podía recuperar el dinero prestado, pues la vivienda ya tenía un valor menor que el del crédito. Pero no fue una hipoteca la que falló, sino muchísimas, pues muchísimas fueron la hipotecas subprime o de alto riesgo las concedidas. De manera que cada fallido suponía grandes pérdidas para la entidad. Muchas han quebrado y otras han sido adquiridas a precio de saldo por entidades más saneadas que han asumido su pérdidas. Incluso la Reserva Federal —en una decisión histórica y sin precedentes— acude al rescate de su sistema financiero con una cantitad estimada en cientos de miles de millones de dólares, con los que adquirir la “deuda mala” y atajar el problema de raiz.

Problema, por otro lado, creado agravado por un total liberalismo económico y la inexistencia de mecanismos de control de ningún tipo que frenaran la burbuja inmobiliaria.

Capitales de todo el mundo fueron atraídos con la promesa de grandes beneficios, y así fue hasta que el problema estalló. A partir de ese momento sus posiciones en bolsa y otras inversiones se vieron comprometidas y su valor disminuyó produciendo grandes pérdidas. Los bancos centrales europeos aumentaron también sus tipos de interés, encareciendo los créditos y afectando a la inversión. La crisis inmobiliaria alcanzó así a otros mercados europeos. Las entidades crediticias aumentaron sus recelos y restringieron sus hipotecas. La venta de viviendas continuó cayendo y el desempleo aumentando.

Y así estamos…

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